A pesar que estamos en un mundo que gira alrededor de la competitividad e individualismo el niño no debe perder las habilidades básicas para vivir en armonía y felicidad con su entorno, virtudes como el DAR Y RECIBIR que le permite enriquecer su sociabilidad.
La etapa del egocentrismo que empieza a partir de los dos años y medio en la cual no le permite al niño percibir más allá de sus propias ideas y sentimientos se considera muy natural y propio del desarrollo psicológico del pequeño, no obstante el rol de los padres es enseñarles en todas las formas, patrones de conductas, destrezas sociales que le ayuden a descubrir el mundo, integrarse y adaptarse a el.
Es importante que el niño aprenda que cuanto más se da, más se recibe, un ejemplo sencillo es: cuando el hijo ve que su padre retornando del trabajo ingresa a la casa y saluda a su mamá con afecto y esta actitud cariñosa es devuelta de la misma manera hacia su papá, el niño se dará cuenta, que lo que uno da, recibe.
Esta ley de amor se aprende en la familia, en el colegio, en el barrio y en la sociedad en general.
Si los adultos que somos modelos de vida para los hijos somos cariñosos y gentiles con el prójimo, nuestro descendiente interiorizará esa forma de ser ya que ellos aprenden más por imitación.
El don de la vida nos brinda muchos regalos a nuestra existencia y lo recibimos a través de nuestros sentidos: la luz del sol, el canto de las aves, la lluvia mojándonos, lo aceptamos y hasta lo buscamos.
Los padres son para el niño un espejo social. Se ha comprobado que cuando los menores ven a sus padres que confían en los demás y demuestran lazos amistosos, asumirán una actitud de acercamiento; En cambio, si perciben en sus progenitores desconfianza, desarrollarán el mismo sentimiento hacia los demás. Es indispensable que esta orientación establezca ese beneficio emocional de conectarse con las necesidades del otro para darle con el corazón aquello que lo hará feliz.